Fura y Tena en la Cosmogonía Muzo
Fura y Tena se sitúan al comienzo de la historia de la esmeralda en el occidente de Colombia. En la tradición muzo, el creador Are formó a la pareja para enseñar a la gente a cultivar, recoger sal, tallar madera y piedra, curar con plantas y defender sus valles. Más tarde, los españoles llamaron a los Muzo los “Señores de la Esmeralda”, un título que insinúa lo estrechamente unidos que estaban la creencia, el paisaje y la piedra.
El Vínculo Sagrado de Fura y Tena — Y el Forastero
La unión de Fura y Tena simbolizaba el equilibrio: la fidelidad entre dos seres y la armonía entre los humanos y las montañas. Ese equilibrio se rompe con la llegada de Zarbi, un forastero que busca una flor divina de curación. Atraída por él, Fura viola el pacto sagrado; cuando Tena descubre la traición, mata al intruso y, abrumado por la pena y la verguenza, se quita la vida.
Del Duelo a la Piedra: Montañas de Fura y Tena
Al presenciar la tragedia, Are transforma a los protagonistas en el propio paisaje. Zarbi se convierte en un río furioso; Fura y Tena se convierten en dos montañas que se miran a través del agua: cercanas, visibles y para siempre separadas. En Boyacá, las siluetas gemelas siguen vigilando los valles, convirtiendo la memoria en geografía.
Lágrimas de Esmeralda y el Origen de la Gema
La leyenda explica el origen de la gema con una sola imagen: las esmeraldas como lágrimas cristalizadas. El dolor de Fura se endurece en la tierra, y las mariposas que cruzan los valles llevan su mensaje de pérdida. En esta visión, las esmeraldas colombianas no son solo minerales de Muzo y Coscuez; son relatos en forma de cristal que conectan emoción, norma y consecuencia.
Crónica, Paisaje y Por Qué esta Leyenda Importa
Cronistas españoles como Pedro Simón y Lucas Fernández de Piedrahita registraron versiones del relato; Piedrahita incluso menciona a una cacica llamada Furatena, donde el mito roza la memoria. Para los Muzo, la naturaleza misma era un templo — cumbres, manantiales, sol y luna. Hoy la leyenda perdura porque explica por qué las esmeraldas colombianas se sienten inseparables de su origen: dos montañas, un río y una piedra verde nacida de lágrimas — la huella eterna de Fura y Tena.




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